viernes, 19 de julio de 2013

MIEDOS INFANTILES A LOS RUIDOS FUERTES

LOS MIEDOS INFANTILES A LOS RUIDOS FUERTES


Montse García
Psicóloga col. Nº CV11233


-->
Todos conocemos a algunos niños pequeños que temen a los ruidos fuertes,  en concreto a los petardos, tracas, incluso a la explosión de un globo o a un portazo muy brusco. Estos niños y niñas suelen ponerse muy nerviosos, empiezan a llorar y sus reacciones negativas van en aumento si no se les aparta rápidamente del estímulo que temen. Sólo les consuela ser abrazados por algún ser querido y que les alejen de la zona donde ya no oiga los ruidos.


Los padres que tienen hijos con estos temores puede que hayan probado diferentes estrategias para que no se aterroricen cuando escuchan estos sonidos:  intentar tranquilizarles, explicarle lo que es, darle información para que sepa que no pasa nada, asegurar que sus padres le protegen por lo que no está en peligro… Pero, sin embargo,  parece que lo único que realmente le consuela es dejar de escuchar los ruidos.



Una buena manera de empezar a tranquilizarnos  y adquirir perspectiva es informarnos en primer lugar sobre los miedos más comunes que sufren los niños desde 1 año a los 8 años según la etapa evolutiva que atraviesan.



1 año: separación de los padres, ir al baño, heridas, personas extrañas.



2 años: ruidos fuertes, animales, oscuridad, separación de los padres.



3-5 años: disminuyen el miedo a la pérdida de soporte y a los extraños. Se mantienen el miedo a los ruidos fuertes, a la separación, a los animales y a la oscuridad. Aumentan el miedo al daño físico y a las personas disfrazadas.



6-8 años: disminuyen el miedo a los ruidos fuertes y a las personas disfrazadas. Se mantienen el miedo a la separación, a los animales, a la oscuridad y el daño físico. Aumentan el miedo a los seres imaginarios (brujas, fantasmas), tormentas, soledad y escuela.        



Por tanto si observamos el cuadro anterior comprobaremos que el miedo a los ruidos fuertes es evolutivo y normal en la etapa que abarca de los dos a seis años de edad. A medida que el niño crece, si la intensidad de su miedo permanece igual o se intensifica ya podemos empezar a preocuparnos por este problema. Hay que tener en cuenta que la especie humana está biológicamente preparada para aprender respuestas fóbicas a estímulos que filogenéticamente han constituido una amenaza para la supervivencia de la especie.



Así lo que nos interesa es saber si en realidad vuestro hijo o hija está sufriendo un miedo “normal” para su edad o bien la intensidad y el malestar que le producen los sonidos fuertes se puede empezar a catalogar más como una respuesta fóbica.



Digamos que el “quid” de la cuestión está en observar si la respuesta es desproporcionada en relación al estímulo. Por ejemplo una respuesta apropiada sería tenerle miedo a los leones porque el estímulo es verdaderamente peligroso, pero en cambio si se reacciona del mismo modo ante una paloma podría considerarse como fobia animal.



Asimismo es importante comprobar si la respuesta resulta desadaptada, eso es si la alta intensidad de su reacción le causa malestar, preocupación, alteraciones psicofisiológicas (temblores, náuseas, mareos, pesadillas, etc.) y conductas perturbadoras (gritos, llantos, rabietas…), que estén interfiriendo en el estilo de vida del niño o niña y estén repercutiendo negativamente en su desarrollo personal, vida familiar o en cualquier otra área.



Puede ocurrir  que los padres no sean capaces de localizar ninguna situación vivida por el niño o niña que haya “condicionado” al infante a tener miedo de estos sonidos estrepitosos y esta sensación de no tener una causa conocida aún produce más angustia en los progenitores.



Sin embargo en este sentido es bueno tener en cuenta que en ocasiones el aprendizaje de estas respuestas de temor no se adquieren solo a través de experiencias directas. Las experiencias negativas pueden ser vicarias, lo que significa que el niño o niña puede haber visto a otros, en vivo o filmados. Otro modo de adquisición es la transmisión de información amenazante, esto es muy típico en los padres, abuelos, etc. cuando avisamos a nuestros hijos de lo peligrosos que son ciertos ruidos, cosas, o animales. Por este motivo NO es aconsejable intentar disuadir a nuestros hijos “amenazándoles” con que si hacen algo que no queremos se encontrarán con el “hombre de los petardos” y cosas así.



Es útil que los padres observemos las reacciones que van teniendo los niños ante los estímulos temidos y que anotemos la frecuencia con que tienen estos miedos, si tienen alguna pesadilla relativa a los mismos, si la intensidad de sus reacciones es alta y sobre todo si consideramos que estos miedos le impiden desarrollar una vida normal. Si  la frecuencia o la intensidad le producen gran malestar es aconsejable que acudas a la consulta de un psicólogo para que pueda evaluar con exactitud este problema y aplicarle el tratamiento adecuado al niño, que en el caso de las fobias específicas son muy eficaces.



A modo de conclusión diré que aunque no es bueno extremar nuestras preocupaciones ya que los miedos evolutivos forman parte del desarrollo normal de nuestros hijos, tampoco debemos subestimar el sufrimiento de nuestros pequeños bajo la creencia de que con el tiempo todos estos problemas irán desapareciendo, por lo que considero que no hay que quitarle importancia sino informarse a través de fuentes fiables y emplear el sentido común.


Compartir En Linkedin